Estoy sentada en la mesa en mitad de una frustración constante. Mi cabeza parece estallar y me inunda la impotencia. Aquí, en mitad de mi delirio, escribo escasas palabras como quien firmase el contrato de escape. Necesito respirar, me digo. Necesito permanecer, me suplico. En mitad de todo este barullo de gente, de palabras vacías y de gente que jura ser feliz, aquí me encuentro. Me quiero ir. Estoy atada de pies y manos. Me sujetan unos grilletes de acero que aprietan y dejan huella. Cicatrices como unidad anatómica que compone cada milímetro de mi piel. Dejo descansar mi cuerpo en un tablero de madera que supone sujetar el peso de mi cuerpo pero al mismo tiempo hace esclavas a mis rodillas de esta posición de Vitruvio. Y desde aquí me pregunto si toda nuestra historia cultural ha querido decirnos algo sobre la libertad. La libertad que hoy me falta y antagoniza todo mi ser. Hoy, y desde hace tiempo, soy yo en un lugar que no es para mí, porque no se puede crecer en un medio inhóspito de voluntad y ternura y amor y cariño y pasiones y sueños. Así que igual que el que bucea y busca la superficie, me limito a seguir. Yo, que siempre he afirmado ser por y para mí, sin necesidad de vivir por y para nadie. Yo, que de todo tengo y de todo me falta. Yo, que vivo al límite de la autoexigencia, pido ayuda a voces. Porque siempre he huído del compromiso y siempre lo he amado. Porque siempre he querido ser libre pero decidir no serlo. Porque anhelo la voluntad de poder estar en cualquier lugar y quedarme en el mismo sitio. Porque siempre he buscado ser libre y desde la libertad atarme a alguien. Y viajar. Y volar. Y sentir. Y doler. Y llorar. Sin límites. Los lobos aúllan y corren por alcanzar la luna pero esta cada mañana desaparece. Solo soy un preso que busca cárcel en la que sentirse libre.
Una vez vi una gaviota
La seguí durante toda mi vida
Mirando al cielo
Para no perder instante de su vuelo
Omitiendo el suelo que pisaba.
Cuando conseguí levantarme
No pude encontrar la gaviota
Pero me bastaba con los pájaros
O con el vuelo parecido a ella
Continué mirando al cielo
Echando de menos el giro voraz
El piar del despegar
El suelo con el que tropecé
Y
Cuando creí que tendría que conformarme
Con los pájaros disfrazados de gaviota
Me pareció verla
Tal vez no es cierto, no la vi
Pero el piar era el mismo.
La seguí
Sabiendo de su vuelta al mundo
Aún a ciegas
Porque me desespera pensar
Perder su piar
Sin saber si realmente es ella
La seguí durante toda mi vida
Mirando al cielo
Para no perder instante de su vuelo
Omitiendo el suelo que pisaba.
Cuando conseguí levantarme
No pude encontrar la gaviota
Pero me bastaba con los pájaros
O con el vuelo parecido a ella
Continué mirando al cielo
Echando de menos el giro voraz
El piar del despegar
El suelo con el que tropecé
Y
Cuando creí que tendría que conformarme
Con los pájaros disfrazados de gaviota
Me pareció verla
Tal vez no es cierto, no la vi
Pero el piar era el mismo.
La seguí
Sabiendo de su vuelta al mundo
Aún a ciegas
Porque me desespera pensar
Perder su piar
Sin saber si realmente es ella
Es hora de terminar este capítulo. He intentado varias veces hacerlo, quedando escritas las primeras líneas de una carta que ha soñado con ser enviada, leída, aplastada... Pero finalmente han resultado hojas de texto, vacías, sin saber por dónde empezar, dando las gracias a diestro y siniestro y lo que es peor, pidiendo perdón por hacer las maletas e irme. He estado sintiendome culpable de mi huída, plantándome ante el futuro y jugando a pedirle que me enseñe las cartas, por si realmente estoy abandonando. No te estoy abandonando, me estoy salvando. Huyo. Escapo. Corro. LLámalo como las manos manipuladoras de tu mente quieran ponerle nombre. Hoy, yo, me escapo de ellas.
Y por fin, después de año tras año creyendo mentiras, "tan lista como eres, y no te das cuenta de esto", tan vacía por momentos, me declaro imbécil. Vete a la mierda. Y todas sus consecuencias. Ya no seré yo la que se sienta responsable de tu vida, de tus patéticas ideas de suicidio. Ya no me siento en deuda contigo. Estuviste. Sí, como pudiese haber estado otra persona. No te debo nada. Ni siquiera estas palabras. Quizás las manipules también, quién sabe.
Tan solo de diré que, poner como excusa una enfermedad, clavarle la espada por la espalda a quien pone el escudo ante ti y no ante él mismo, mentirte a ti mismo, aprenderte un guion y repetirlo a cualquiera que se atreva a quererte (buena suerte) o a intentar hacerte feliz (buena suerte) o a intentar salvarte (BUENA SUERTE), no es de ser una mierda de persona, que también, sino de tener tal grado de enfermedad y no ser consciente de ella que acojona. Acojona.
Estás solo. Incluso tu familia te ha abandonado. Tus amigos también. No puedes hablar de tus amigos como si fuesen mierda cuando están ahí, intentando que te agarres a la falsa vida que llevas. Acepta tu enfermedad. Acepta tu problema. ¡QUE NO ES CON EL MUNDO, NO ES CON LOS DEMÁS, ES CONTIGO! ¡C-O-N-T-I-G-O!
No has cambiado nada en todo este tiempo. Y sí, soy yo la que ha cambiado. Y menos mal. Gracias vida por enseñarme tanto - y no Gracias a ti-, por enseñarme a ser valiente conmigo misma. A valorar lo que es la amistad. A enseñarme a respirar. A no ver las cosas malas de la vida. Por enseñarme lo que unas palabras manipuladas pueden lograr. Por hacerme perder amigos, batallas, tiempo, ilusiones, para valorarlo después. Gracias por ser el mayor palo de mi vida, del que antes sentía pena, hoy siento asco, y mañana me provocará carcajadas.
No.
No te he abandonado.
Si algún día estás solo. Si tu familia te ha abandonado. Si tienes 40 años y ningún futuro por delante. Si has pasado la vida excusándote a ti mismo. Si algún día realmente valoras tanto el suicidio como tanto nos has hecho ver a todos. Si de verdad algún día eres tan valiente como para matarte: la culpa no es mía. La culpa no es nuestra.
Porque yo, hoy, soy libre.
Y mañana también lo seré.
Me has enseñado a poner la amistad por delante de cualquier cosa. A luchar a ciegas contra mil tanques que bombardeaban mi dignidad. He aprendido a pedir perdón cuando no tengo la culpa ¡e incluso creerme que la tengo! A perder amigos, a sentirme sola, a ver el lado negativo de las cosas, a querer vivir porque debía estar contigo. Pero lo más importante, y por lo que he aguantado todo eso, por lo que he creído todo este tiempo que estaba en deuda contigo: gracias por hacerme tan valiente como para sacar mis problemas a tomar el aire "para que no se oxiden ahí dentro". Gracias, de veras. Pero repito: si no hubieses sido tú, hubiese sido otro.
Tóxico.
Tú si que eres tóxico.
Es increíble la cantidad de historias que se esconden detrás de una persona. Y la cantidad de lazos que hay entre esas personas. ¿Cuántas personas a lo largo de tu vida te han demostrado tanto? Te contestaré a la pregunta: nadie.
Cuántos cafés de mentira, cuántas lágrimas, abrazos, llamadas, conversaciones, palabras, de MENTIRA. Al menos para mí, será solo este interminable capítulo. Para ti, será la vida
Finalmente te diré que, has sido como la droga. Adictivo. Un período de desintoxicación duro. Y cuando aprendes a vivir sin ella - sin ti-, vives de verdad. No hay nada que me venza. Es triste decir que lo que más he querido en la vida es lo que más infeliz me ha hecho.
Así que, te cierro.
Con todo el asco del mundo y las ganas de que algún día te arrepientas tanto como yo de todo esto.
Que te den.
Dentro de un par de horas estabas decidiendo marcharte. Alguien cogía un avión para verte por última vez y tú lo sabías. Fuiste tan fuerte que esperaste. Y no aguantaste más. Te fuiste. Fueron los segundos más amargos de mi vida. Los más largos y más tristes al mismo tiempo. Te fuiste, y el tiempo se hizo eterno. Hubo silencio. Hubo desplome. Hubo dolor. Y no quedó otra que oír al mundo llorar. Recuerdo que yo apenas podía decir nada. Entré en una especie de alexitimia, en una especie de anhedonia de la que no creía poder salir. E hizo falta un sillón en un tanatorio, un par de horas del silencio de la noche para romper a llorar. Y de repente, todos los quejidos de mi alma se hicieron de plomo y pesaban demasiado. Lo hacían con tanta fuerza que cayeron, rompiéndose en mil pedazos, como quien aplasta lagrimales y decide no volver. Fue todo lo que hice: y ahora, todo sigue apestillado. Los vestidos, colgados en el mismo orden. Tus flores, siempre las mismas. Ahí estás, arriba. En los ojos de un amigo, en el abrazo propio, en los sillones de la casa, en la sala de espera, en la voz de un anciano, en las canciones de navidad, en los momentos difíciles...
Te veo en tantos sitios y, sin embargo, no estás en ninguno...
Te veo en tantos sitios y, sin embargo, no estás en ninguno...
Hoy, estés donde estés me gustaría recordarte que sigues teniendo ese lugar en la mesa. Que nadie se ha atrevido a sentarse en tu sillón, ni a levantar la persiana, ni a abrir la puerta de la habitación... Todo sigue apestillado, como si pretendiésemos, con todas nuestras ansias, guardar un frasco de ti en cualquier rincón. Hoy, nos sirve todo para reflejarte.
Sigue haciendo frío en plena primavera si decimos de bajar a la playa y no hay nadie que decida coger tu sombrero; tu almohada ha sido devorada por la lavadora, pero no ha conseguido vencer a tu perfume. Yo, personalmente, sigo sintiendo cómo un tren me destroza cada articulación de mi cuerpo cuando decido ir a tu casa.
A veces suena el teléfono. Entonces, la llamada de alerta que parecía doler tanto hace unos meses, hoy parece un analgésico. Hoy, quizá, lo que duela sea no oír ninguna de ellas. Como si todo este dolor fuese el reflujo de tu ausencia.
He sido víctima de este arrebato: he decidido sacarte para que no te oxides, recordándome a mí misma que todavía me dueles. Quizá este nudo en la garganta y este clavo en el corazón puedan deshacerse todavía.
Dicen, que con el tiempo todo deja de doler. Entonces, me declaro cobarde: por seguir siendo el primer y último pensamiento, por no saber dónde dejar estas flores, por apretar una medalla con la esperanza de que sea tu mano, por acurrucarme abrazando esta almohada, como si en algún momento y por arte de magia volvieses a ser tú. Porque anoche soñaba contigo y hoy, no sé si vivo.
Haces de la noche tu hogar, te apropias del bosque, de las tinieblas. Te haces fiel amigo del ruido, del ente audaz, de lo que destroza.
Y quizás te olvides de que cielo y luna viajan de la mano. Y quizás no encuentres ese brillo, por ser tú, quien brilla, en esta oscuridad.
Maybe the wolf is in love with the moon. Maybe...
Corres, agazapando ladridos, como quien huye. Te alejas, escapas y te revuelcas en los destrozos de este árbol caído.
Viaje completamente estático. Y tú, ingenuo, crees que avanzas.
¿Lobo o luna?
Hay papeles invertidos. Papeles que sobran, papeles que encajan.
Huyes de tu propia casa, de tu propia oscuridad. Cuando tu hogar es el refugio de tu propia naturaleza. Cuando corres, veloz, estático: devoras, para ganar, para comer, para arrasar. ¿Con qué? ¿Para qué?
Entonces frenas, a veces retrocedes. Ladras. Luna llena o luna menguante. Lobo hambriento o lobo temible. De qué sirve ser lobo temible sin orquesta de competición. Aléjate - te dices - de todo aquello que te impide brillar.
Y te marchas. Huyendo de alguien que no reconoces. Vuelves a huir alejándote de ti mismo.
Qué caótico:
Lobo por luna
O luna con lobo
Maybe...
Each month it cries for a love it will never touch.
Entre puentes de plata y asfalto,
entre sonrisas que matan las prisas,
entre boca y beso, poeta y libro.
Mercader de la utopía
de que para mis gustos
tus colores
y ese patrón a la deriva
Que
queriendo a alguien lo único que haces
es
declararte la guerra a ti mismo - me dices.
Y yo, amor,
no tengo el corazón para batallas.
Yo no tenía más arma que las ganas
y la esperanza de que
nos lloviese en otras ciudades,
hacer una parada en Finlandia,
firmar contratos de damas,
meter las prisas en la maleta,
que de saber las palabras para un beso,
te las diría a la cara.
Así, creando pasillos donde
alguien puso puertas:
trazando coordenadas
en los mapas
de este poema que
yo musa y tú poeta
o yo poeta y tú don nadie,
marca incendio y
hoguera en tu garganta
o terremoto entre mis piernas.
entre sonrisas que matan las prisas,
entre boca y beso, poeta y libro.
Mercader de la utopía
de que para mis gustos
tus colores
y ese patrón a la deriva
Que
queriendo a alguien lo único que haces
es
declararte la guerra a ti mismo - me dices.
Y yo, amor,
no tengo el corazón para batallas.
Yo no tenía más arma que las ganas
y la esperanza de que
nos lloviese en otras ciudades,
hacer una parada en Finlandia,
firmar contratos de damas,
meter las prisas en la maleta,
que de saber las palabras para un beso,
te las diría a la cara.
Así, creando pasillos donde
alguien puso puertas:
trazando coordenadas
en los mapas
de este poema que
yo musa y tú poeta
o yo poeta y tú don nadie,
marca incendio y
hoguera en tu garganta
o terremoto entre mis piernas.
¿Sabes? Me hubiera gustado decirte que me había enamorado de mí cuando me ponía guapa, para mirarme trescientas cinco veces en el espejo del ascensor antes de subir a verte y que me abrieras la puerta y me dijeras 'fea' y yo te mirara con cara de 'te odio'. Luego no podía evitar la discusión interpersonal entre tus ojos y estas vistas desde el décimo de tu casa. Pero me solía quedar con tus ojos, que me miraban como diciendo que todo lo que me estabas diciendo era mentira: que yo no era fea. Yo te devolvía la miraba como diciendote que no me importaba en absoluto tu vida, que eras indiferente y que te odiaba. "No pienses que he malgastado un segundo en arreglarme para venir a verte". Qué bien se nos daba mentir. Y qué bien se te daba cocinar.
Me enamoré de las veces que me necesitabas y me buscabas. Pero ahora estás como ausente, como perdido, como muerto. Como si todo este dolor hubiera podido contigo y yo no hubiera sido capaz de llamarte de nuevo para decirte que todo iba a ir bien, que todo estaba en nosotros. Era demasiado tarde porque nos habíamos muerto. Tú por ti y yo por los dos.
Quizá lo dejé morir yo, por las desganas o el tiempo. Por eso, cuando los recuerdos se van, suelo echarlos de menos: y solo entonces siento que lo muerto me mantiene viva.
Me enamoré de las veces que me necesitabas y me buscabas. Pero ahora estás como ausente, como perdido, como muerto. Como si todo este dolor hubiera podido contigo y yo no hubiera sido capaz de llamarte de nuevo para decirte que todo iba a ir bien, que todo estaba en nosotros. Era demasiado tarde porque nos habíamos muerto. Tú por ti y yo por los dos.
Quizá lo dejé morir yo, por las desganas o el tiempo. Por eso, cuando los recuerdos se van, suelo echarlos de menos: y solo entonces siento que lo muerto me mantiene viva.
Ojalá algún día entiendas que aquello no fue cansarse, intentar cambiarte, mucho menos huir... Ojalá algún día entiendas que todos esos días los pasé igual que tú, o incluso peor de lo que podrias imaginarte... Que quizás lo que pensé que sería la cura acabó siendo aún peor que la enfermedad.
Ojalá algún día entiendas que si me fui, no fue porque no me gustaba tu risa, o tu forma de darle vueltas al destino, o tu pasión por los detalles románticos y por el Diario de Noah. Ojalá que entiendas, que si me fui, fue porque aún era demasiado pronto.
Sí, pronto. Pronto para mandarte las cartas que nunca te mandé. Pronto para leer tu última carta. Pronto para decirte que volviste a poner en marcha un corazón roto. Era demasiado pronto... Y por eso me fui.
Era como una dosis triple de analgésicos, como una mezcla de opiáceos. Todo eso eras tú. El caos, la calma, la revolución, la marea...
Quizás nunca de dije lo que ambos queríamos oír, pero créeme, se escuchó. Se escuchó muy fuerte dentro de nosotros.
Así que, cariño, era demasiado pronto, y por eso, me voy. Ahora que estás a tiempo de encontrar a alguien que pueda darte todo lo que necesitas: esto quería que escuchases, que te dieses cuenta por ti solo de que no me necesitabas, que podías seguir sin mi. Sin embargo, yo, me doy cuenta de que, lo siento, pero te quiero. Más allá de esa foto en la que ambos reímos antes de embarcarnos en el diluvio de una cabalgata. Lo siento, pero no destrozaré ningún recuerdo.
Así que eso es todo. Lo siento, me voy. No porque quiera sino plrque no es el momento. Ni tú mereces tan poco tiempo ni yo me encuentro en facultad de.
No lo olvides, porque te quise, te quiero, y te estoy queriendo a cada minuto que me separa un poco más de ti.
Hay historias que están destinadas a ser, y sin embargo, no es el momento.
Yo, te espero en otro distinto.
Lo siento: te quiero...
Estamos aquí para aprender.
De no ser así, seríamos médicos ya. Esto nos va a pasar a diario en la vida: nos esforzaremos y lo daremos todo por algunos pacientes; perderemos todo lo que tenemos por salvarles una vez más la vida, pero no lo vamos a conseguir muchas de ellas.
Si te das cuenta, quizás esto haya sido nuestro examen: darnos cuenta de que esfuerzo no implique éxito, como siempre nos han hecho creer. Simplemente, hay que dar lo mejor de nosotros mismo. Conseguir dar el 200%. Siempre, siempre podremos dar un poquito más.
Así, algún día seremos los mejores, no porque lo hicimos todo bien y en su tiempo, sino porque aprendimos lo que puede ser y lo que no puede ser. Valores que no están en un atlas. Que si este esfuerzo no implica un número de dos cifras o incluso nos lleva al suspenso, podremos decir que esto, nos une, como clase y como grupo de amigos; que hemos aprendido que aunque creamos controlarlo todo, siempre existe el factor sorpresa, ese que siempre va a hacer lo posible para que no cumplas tus objetivos.
Si te das cuenta, esto es lo que él quería: le daba igual un 1 o un 2. "Lo importante es que aprendas"- decía.
Pues ya está. Somos geniales. Estamos aquí por algo y tenemos la oportunidad de crecer. Vamos a aprovecharla.
Algún día sacaremos una sonrisa, y algún día seremos toda la esperanza de alguien. Ese día seremos la persona más feliz del mundo y ese día todo esto habrá merecido la pena.
¿Y sabes lo mejor?
Que solo unos pocos sabrán ver lo feliz que te puede hacer darlo absolutamente todo por alguien. Y cuando digo todo, digo todo: porque estamos sacrificando nuestra vida, nuestra adolescencia, nuestras fiestas, el amor, el tiempo con la familia... Todo porque sabemos que somos capaces de mejorar el mundo, aunque sea un poco. Somos aquellos que entendemos que dar, es mejor que recibir.
Y vamos a lograrlo.
Pase lo que pase.
De no ser así, seríamos médicos ya. Esto nos va a pasar a diario en la vida: nos esforzaremos y lo daremos todo por algunos pacientes; perderemos todo lo que tenemos por salvarles una vez más la vida, pero no lo vamos a conseguir muchas de ellas.
Si te das cuenta, quizás esto haya sido nuestro examen: darnos cuenta de que esfuerzo no implique éxito, como siempre nos han hecho creer. Simplemente, hay que dar lo mejor de nosotros mismo. Conseguir dar el 200%. Siempre, siempre podremos dar un poquito más.
Así, algún día seremos los mejores, no porque lo hicimos todo bien y en su tiempo, sino porque aprendimos lo que puede ser y lo que no puede ser. Valores que no están en un atlas. Que si este esfuerzo no implica un número de dos cifras o incluso nos lleva al suspenso, podremos decir que esto, nos une, como clase y como grupo de amigos; que hemos aprendido que aunque creamos controlarlo todo, siempre existe el factor sorpresa, ese que siempre va a hacer lo posible para que no cumplas tus objetivos.
Si te das cuenta, esto es lo que él quería: le daba igual un 1 o un 2. "Lo importante es que aprendas"- decía.
Pues ya está. Somos geniales. Estamos aquí por algo y tenemos la oportunidad de crecer. Vamos a aprovecharla.
Algún día sacaremos una sonrisa, y algún día seremos toda la esperanza de alguien. Ese día seremos la persona más feliz del mundo y ese día todo esto habrá merecido la pena.
¿Y sabes lo mejor?
Que solo unos pocos sabrán ver lo feliz que te puede hacer darlo absolutamente todo por alguien. Y cuando digo todo, digo todo: porque estamos sacrificando nuestra vida, nuestra adolescencia, nuestras fiestas, el amor, el tiempo con la familia... Todo porque sabemos que somos capaces de mejorar el mundo, aunque sea un poco. Somos aquellos que entendemos que dar, es mejor que recibir.
Y vamos a lograrlo.
Pase lo que pase.
Cuando la sala de estar se convierte en tu sala de espera, todos los destrozos de mi alma se hunden en cenizas. En tus últimos minutos - quién sabe que quizás serán segundos - me mantengo a la espera de verte sonreír una vez más. Aquí, en la sala de espera que has reunido, donde hermanos que no se hablan, donde familiares separados por miles de kilómetros, donde las redes sociales intentan simular el encanto de estar a tu vera en tus últimos momentos, es únicamente tu quejido, de dolor, lo que rompe el silencio.
Aquí, en tu sala de espera, permanecemos. Para siempre: te cerraremos los ojos, esperaremos que la morfina se lleve el dolor de la decisión que hemos tomado. Es hora de irte.
De irte y de dejar sabido y por saber que seguirás siendo el olor a flores de todas las mañanas; serás las comidas familiares de todos los domingos, la falda del brasero y las castañas con él; serás la Navidad personificada, la ilusión por montar el árbol de Navidad; serás el beso más tierno del mundo. La madre más dulce. Serás el arroz con leche, las natillas, y las gachas de todos los que estamos aquí presentes: un vacío en el mundo.
Y cada día sonará entre nosotros tus quejidos de risa, tus susurros para hacer alguna trastada, tus "mira, mira, qué buenas piernas tengo". Nos preguntaremos la hora por ti. Seremos la vista que te falta, el oler que te sobra.
Estaremos contigo aunque hoy te vayas.
Nos quedamos aquí, para despedirte. Para decir adiós a quien ha enseñado la tabla de multiplicar a todos los presentes. Para seguir mirándote una vez más a esos ojos azules, como tus claveles favoritos, y entender por qué la vida tiene sentido, a veces.
Te cerramos los ojos, nos quedamos con tus manos suaves, con las arrugas de las mismas, con tus dibujos al aire y tus lienzos de pared. Qué manos más bonitas tienes.
Me quedo, abuela. Siempre serás la madre de mis ojos: aunque ya no sepas quién te prepara la tila, ni cuáles son las manos que te despiertan, que te bañan, que te alimentan... Aunque ya no reconozcas estas orejas, ni este olor a vainilla que tanto te gusta... Efectivamente, ese fue tu último cumpleaños, y esta será tu última Navidad, tu última tila...
Cierra los ojos abuela, te quiero.
Aquí, en tu sala de espera, permanecemos. Para siempre: te cerraremos los ojos, esperaremos que la morfina se lleve el dolor de la decisión que hemos tomado. Es hora de irte.
De irte y de dejar sabido y por saber que seguirás siendo el olor a flores de todas las mañanas; serás las comidas familiares de todos los domingos, la falda del brasero y las castañas con él; serás la Navidad personificada, la ilusión por montar el árbol de Navidad; serás el beso más tierno del mundo. La madre más dulce. Serás el arroz con leche, las natillas, y las gachas de todos los que estamos aquí presentes: un vacío en el mundo.
Y cada día sonará entre nosotros tus quejidos de risa, tus susurros para hacer alguna trastada, tus "mira, mira, qué buenas piernas tengo". Nos preguntaremos la hora por ti. Seremos la vista que te falta, el oler que te sobra.
Estaremos contigo aunque hoy te vayas.
Nos quedamos aquí, para despedirte. Para decir adiós a quien ha enseñado la tabla de multiplicar a todos los presentes. Para seguir mirándote una vez más a esos ojos azules, como tus claveles favoritos, y entender por qué la vida tiene sentido, a veces.
Te cerramos los ojos, nos quedamos con tus manos suaves, con las arrugas de las mismas, con tus dibujos al aire y tus lienzos de pared. Qué manos más bonitas tienes.
Me quedo, abuela. Siempre serás la madre de mis ojos: aunque ya no sepas quién te prepara la tila, ni cuáles son las manos que te despiertan, que te bañan, que te alimentan... Aunque ya no reconozcas estas orejas, ni este olor a vainilla que tanto te gusta... Efectivamente, ese fue tu último cumpleaños, y esta será tu última Navidad, tu última tila...
Cierra los ojos abuela, te quiero.
Querida madre:
Estas serán las últimas líneas que yo te escriba. Estas serán las últimas flores que yo te deposite. Estos serán todos los poemas que te recitaré. Te lo dejo todo aquí, para cuando volvamos a encontrarnos.
Ponte la armadura, saca tu espada, destroza dragones: vuela alto, rompe las nubes y ábrete las puertas del cielo. Sé buena, madre, como siempre: consigue un billete de invisibilidad y baja a vernos aunque sean cinco minutos.
Te quiero, mamá. Aunque ahora mismo no tenga palabras para despedirte. Aunque todas las que tenga estén dando vueltas en mi cabeza y no quieran salir a flote. Te quiero, abuela: creo que no hay mejor despedida.
Por ser mi segunda madre, el brazo donde he vertido todos los destrozos de mis ojos, la mejilla de los mejores besos, las manos de las mejores caricias. Por ser mis ganas de salvar vidas, por ser mis ganas de perder el tiempo escuchando batallas del abuelo. Por ser de quien me quejo cuando te repites. Por haber estado presente en cada una de tus recaídas. Por haberte visto vivir, y morir. Por haberte visto crecer las arrugas cual espejo se tratase. Por ser todo lo que tengo y todo cuanto daría, la casa donde siempre habrá árbol de Navidad y con quien siempre perderé en el Pasapalabra.
Porque crecer es eso, aprender a despedirse. Y yo me quedaría toda la vida en tu falda.
Ojalá estuvieras aquí para mercerme. Ojalá recordaras mi nombre.
Estas serán las últimas líneas que yo te escriba. Estas serán las últimas flores que yo te deposite. Estos serán todos los poemas que te recitaré. Te lo dejo todo aquí, para cuando volvamos a encontrarnos.
Ponte la armadura, saca tu espada, destroza dragones: vuela alto, rompe las nubes y ábrete las puertas del cielo. Sé buena, madre, como siempre: consigue un billete de invisibilidad y baja a vernos aunque sean cinco minutos.
Te quiero, mamá. Aunque ahora mismo no tenga palabras para despedirte. Aunque todas las que tenga estén dando vueltas en mi cabeza y no quieran salir a flote. Te quiero, abuela: creo que no hay mejor despedida.
Por ser mi segunda madre, el brazo donde he vertido todos los destrozos de mis ojos, la mejilla de los mejores besos, las manos de las mejores caricias. Por ser mis ganas de salvar vidas, por ser mis ganas de perder el tiempo escuchando batallas del abuelo. Por ser de quien me quejo cuando te repites. Por haber estado presente en cada una de tus recaídas. Por haberte visto vivir, y morir. Por haberte visto crecer las arrugas cual espejo se tratase. Por ser todo lo que tengo y todo cuanto daría, la casa donde siempre habrá árbol de Navidad y con quien siempre perderé en el Pasapalabra.
Porque crecer es eso, aprender a despedirse. Y yo me quedaría toda la vida en tu falda.
Ojalá estuvieras aquí para mercerme. Ojalá recordaras mi nombre.
Quizás algún día comprendas que hubo un momento en el que creí que jamás sería capaz de llorar a solas, a sabiendas de que te debo algún tipo de explicación; que creí que nunca podría combinarte con estas horas que parecen no tener fin. Para qué te voy a mentir: hubo un momento en el que no supe qué sentido tenía todo esto. Y es que, cariño, apoyarse a ciegas es como no apoyarse. Y que crean que te conocen, es como ser desconocidos.
Lo reconozco. No creí que fueses capaz de desempolvar todo este laberinto. De recorrerlo, e incluso de querer volver a perderte. Te vi tan lejos. Tan enamorado, tan inocente, tan así. Podía sobrevivir sin ti. Tenías esa ilusión, esa magia, lo de siempre... pero no curabas.
Eras ese precipicio pero, lo siento, no eras ese vértigo que me sujetaba con una cuerda. No lo eras.
Ni siquiera yo era tu vértigo, ni tu precipicio...
No lo sé, amor: no lo sé.
No sé en qué momento salté. En qué momento saltaste. Pero está claro que fuiste tú el primero en hacerlo. Y yo, cobarde, desconfiada - y sobre todo de ti-, quise marcharme. Dejarte ahí abajo. A oscuras. Después de haber saltado. Después de haber cogido carrerilla y haber dado, quizás, el salto que mañana nos seguirá uniendo.
Lo siento.
Pero salté.
Contigo.
Y ahora entiendo que se puede combinar café con zumo de melocotón. Que hay quien es capaz de cambiar sus sitios, sus manías... sus pequeñas costumbres por ti. No sé en qué momento empezó todo. Pero te quiero.
Y perdona todas las veces que te lo he dicho antes. Te quiero porque me ilusionas. Te quiero porque me apoyas. Te quiero porque te tengo ganas. Te quiero porque estás.
No.
Te quiero y no sé por qué.
Te quiero porque es lo que quiero hacer y te quiero como te aseguro que no he querido a nadie.
Tranquilo, cariño. El corazón, esta vez, lo estrenas tú.
Así que, perdóname. Por no saber escribirte como Dios manda. Por tener obsesiones con salvar vidas que no son la tuya en este instante. Perdóname, por no darte el tiempo que mereces, o por no saber sanar todas tus heridas. Perdóname, por llorarte en la cama, en el parque, en el cine y en el centro comercial. Perdóname. Porque solo tú puedes entenderlo.
Porque solo a ti puedo demostrartelo.
No digas nada: te quiero.
Y qué bonito.
Lo reconozco. No creí que fueses capaz de desempolvar todo este laberinto. De recorrerlo, e incluso de querer volver a perderte. Te vi tan lejos. Tan enamorado, tan inocente, tan así. Podía sobrevivir sin ti. Tenías esa ilusión, esa magia, lo de siempre... pero no curabas.
Eras ese precipicio pero, lo siento, no eras ese vértigo que me sujetaba con una cuerda. No lo eras.
Ni siquiera yo era tu vértigo, ni tu precipicio...
No lo sé, amor: no lo sé.
No sé en qué momento salté. En qué momento saltaste. Pero está claro que fuiste tú el primero en hacerlo. Y yo, cobarde, desconfiada - y sobre todo de ti-, quise marcharme. Dejarte ahí abajo. A oscuras. Después de haber saltado. Después de haber cogido carrerilla y haber dado, quizás, el salto que mañana nos seguirá uniendo.
Lo siento.
Pero salté.
Contigo.
Y ahora entiendo que se puede combinar café con zumo de melocotón. Que hay quien es capaz de cambiar sus sitios, sus manías... sus pequeñas costumbres por ti. No sé en qué momento empezó todo. Pero te quiero.
Y perdona todas las veces que te lo he dicho antes. Te quiero porque me ilusionas. Te quiero porque me apoyas. Te quiero porque te tengo ganas. Te quiero porque estás.
No.
Te quiero y no sé por qué.
Te quiero porque es lo que quiero hacer y te quiero como te aseguro que no he querido a nadie.
Tranquilo, cariño. El corazón, esta vez, lo estrenas tú.
Así que, perdóname. Por no saber escribirte como Dios manda. Por tener obsesiones con salvar vidas que no son la tuya en este instante. Perdóname, por no darte el tiempo que mereces, o por no saber sanar todas tus heridas. Perdóname, por llorarte en la cama, en el parque, en el cine y en el centro comercial. Perdóname. Porque solo tú puedes entenderlo.
Porque solo a ti puedo demostrartelo.
No digas nada: te quiero.
Y qué bonito.
Quizás te diga un día que dejé de
quererte, aunque siga queriéndote
más allá de la muerte; y acaso no
comprendas en
esa despedida que, aunque el
amor nos une, nos separa la vida.
- José Ángel Buesa
Confesiones hago ahora; no voy a irme. No voy a irme sin más, tendrás que echarme con la maleta llena de motivos o sin ellos.
Puedes enviar s mi casa un tsunami o un ejército de marines rusos, que no voy a irme sin más. Puedo aprender a llenar el Atlántico con las virutas de mis ojos o a tragarme el humo de los celos mientras combustionan en el incendio - por primera vez - las migajas del amor que me profeso, pero no voy a irme. Puedes ordenar que sitúen el primer ejemplar de Dickinson, cualquier disco de Sabina, las fotos del invierno del 94 en la Plaza Roja de Moscú o La Primavera de Botticelli bajo dos granadas, que yo permanecería inmovil viendo como todo vuela. No voy a irme aunque lleguen anticiclones, el Katrina, los mosos d'esquadra y Mr. Hyde. Ajnque de golpe irrumpa mi casa una manada de lobos, un centenar de obstáculos y dos kilos de mala suerte: no voy a irme.
Aunque me consuma el tabaco o esta bibliopatía hasta reducirmr a vísceras, no voy a irme. Ni voy a irme sin más. Porque tengo los dos pies anclados a cada baldosa que separe tu casa y la mía, no voy a irme. Tendrás que, cualquier día de estos, echarme. Decirme algo como "vete", como "no aguanto ver tus historias apiladas en ma mesa del salón, ni tu nombre en el buzón de este portal", algo como que te niegas a ver cómo pasa la vida y yo permanezco.
Pero antes de que digas cualquier cosa que pudiera parecerse a eso, mantengo la suicida idea de no irme. Porque para mí, irse sin más, implica dejar atrás al que rompe elegantemente todos los moldes, al que escupe encima de las etiquetas, al que baila sobre los prejuicios. Irse es dejar atras al que pedalea en dirección contraria a mis inseguridades y ha vivido, durante más de nosecuántos años, enamorado de lo que yo nunca podré ser. Supongo que marcharme implicaría esto y lo otro, y ser una kamikaze que no tiene otra cosa que hacer que cantarle para siempre a un recuerdo.
Es curioso de qué forma también siente el abandono el que se va.
quererte, aunque siga queriéndote
más allá de la muerte; y acaso no
comprendas en
esa despedida que, aunque el
amor nos une, nos separa la vida.
- José Ángel Buesa
Confesiones hago ahora; no voy a irme. No voy a irme sin más, tendrás que echarme con la maleta llena de motivos o sin ellos.
Puedes enviar s mi casa un tsunami o un ejército de marines rusos, que no voy a irme sin más. Puedo aprender a llenar el Atlántico con las virutas de mis ojos o a tragarme el humo de los celos mientras combustionan en el incendio - por primera vez - las migajas del amor que me profeso, pero no voy a irme. Puedes ordenar que sitúen el primer ejemplar de Dickinson, cualquier disco de Sabina, las fotos del invierno del 94 en la Plaza Roja de Moscú o La Primavera de Botticelli bajo dos granadas, que yo permanecería inmovil viendo como todo vuela. No voy a irme aunque lleguen anticiclones, el Katrina, los mosos d'esquadra y Mr. Hyde. Ajnque de golpe irrumpa mi casa una manada de lobos, un centenar de obstáculos y dos kilos de mala suerte: no voy a irme.
Aunque me consuma el tabaco o esta bibliopatía hasta reducirmr a vísceras, no voy a irme. Ni voy a irme sin más. Porque tengo los dos pies anclados a cada baldosa que separe tu casa y la mía, no voy a irme. Tendrás que, cualquier día de estos, echarme. Decirme algo como "vete", como "no aguanto ver tus historias apiladas en ma mesa del salón, ni tu nombre en el buzón de este portal", algo como que te niegas a ver cómo pasa la vida y yo permanezco.
Pero antes de que digas cualquier cosa que pudiera parecerse a eso, mantengo la suicida idea de no irme. Porque para mí, irse sin más, implica dejar atrás al que rompe elegantemente todos los moldes, al que escupe encima de las etiquetas, al que baila sobre los prejuicios. Irse es dejar atras al que pedalea en dirección contraria a mis inseguridades y ha vivido, durante más de nosecuántos años, enamorado de lo que yo nunca podré ser. Supongo que marcharme implicaría esto y lo otro, y ser una kamikaze que no tiene otra cosa que hacer que cantarle para siempre a un recuerdo.
Es curioso de qué forma también siente el abandono el que se va.
He conocido a alguien y siento como si nunca hubiese conocido a alguien así. No es como los demás, no sé, como las demás personas que he conocido. Supongo que porque no hemos ido al mismo instituto. Ni siquiera tenemos la misma pasión por la cocacola. Quizás porque no hemos ido a las mismas excursiones con el colegio... No sé, he conocido a alguien. Pero no es alguien cualquiera porque nadie me comprende así. Es increíble tener a alguien al cien por cien. Saber que hay alguien que espera que vuelvas a casa para verte de la forma que sea. Aunque a veces, lo único que nos quede sean teclas, pantallas, llamadas entrecortadas, esos "llama tú que me va mal el internet"... Planes de futuro. Tenemos muchos planes de futuro. Y es que es increíble conocer a alguien. Yo antes solía leer, ver series, dormir... Sobre todo dormir. La mayoría de las veces me iba a dormir antes de las diez y ahora, eso parece tan lejano. Hay días en los que las noches se convierten en madrugadas y anda que no me habré llevado broncas por ello, pero sin duda todas esas carcajadas, tomas de decisiones y llantos, entre otros, han merecido la pena. He conocido a alguien. Quizá no del todo. Pero sería bonito conocer a ese alguien dos veces.
Me gustaría volver a enamorarme. Y digo enamorarme de no encontrar absolutamente nada que me disguste de esa persona. De ser capaz de tachar todos los planes de mi agenda con tal de verla cinco minutos... De cerrar los ojos y que me queme el corazón porque la noche es muy fría en su ausencia... Pero parece que por muchas personas que lleguen y que te quieran de una u otra forma, esa persona nunca llega... Esa sensación nunca llega. Es como querer revivir lo más triste de tu vida únicamente por la banda sonora... A veces siento que todo esto no tiene sentido. A veces, tan solo me parece un juego. Hace demadiado frío aquí dentro y fingir que se descongela, congela aún más.
Dicen que las hadas existen gracias a quienes creen en ellas. Yo, hoy, solo creo en ti. Creo en ti por mil razones y por ninguna. Creo en ti porque quedarse colgando de la misma boca toda la vida parece una sopa de letras para principiantes. Creo en ti porque te miro, y me miras, y decirte que te quiero resulta tan poca cosa que nada parece suficiente. Creo en ti porque dejaría que veintidos dardos se clavasen en mi piel si eres tú quien los lanza. Creo en ti porque cuando no creo en mí ya estás tú para hacerlo. Creo en ti porque contar colores por la calle contigo puede hacerme perder la noción del tiempo. Creo en ti por y para tumbarme contigo en plena Gran Vía sin miedo a que el verde suceda. Para contar estrellas sin estrellas. Para pensar en nombres y hacer planes sin excusas de por medio. Por tener miedos y no decirlos por no estropear el momento. Por medir cada una de las palabras. Creo en ti y en tus susurros en el cuello, en las manos atadas y en los bordillos de los sitios altos. Creo en ti en las alturas porque no hay mayor vértigo que tus costillas. Creo en ti porque marcas los valores absolutos de mis días. Porque sabes a la libertad de un preso, a las alas de una mariposa, al agua de un refugiado, a la miga de pan de una hormiga, a la sangre de un corazón helado… Sabes a ti, a mí. Sabes a ver pasar la vida y querer frenarte. Sabemos a nosotros. Creo en el amor de la forma más bruta posible, de esa forma en la que alguien es capaz de romperte sin mover un dedo. Creo en verte tomar el café y las cervezas, y rezarte para que vuelva a ocurrir. Creo en los hilos cosidos a las manos y creo en las marionetas que los rompen, creo en la tristeza del verano, en el calor del invierno cuando te veo regalar primaveras y colorear otoños, haciendo llover hacia arriba, cosiendo las hojas caídas a los árboles como un niño pequeño obcecado en que un juego no termine nunca. Creo en la niñez del adulto, en que Wendy nunca cerró la ventana, en que Peter creció, envejeció y murió en su cornisa. Creo en el cine, en la poesía, en la fotografía. Creo en la música, en verte amanecer cuando me miras, en Pedro Salinas y en suicidarse sin dejar de respirar.
Y de creer creo en que tú has creado todo esto.
Creo que a veces llega un momento en el que todo lo que has vivido te parece una mentira. No una mentira de esas que se dicen para quedar bien, o de esas que se viven para alejar un poco de dolor. Sino esa clase de mentiras que te abren, te hacen sentir dolor, te dejan veinte litros de cicatrices y te construyen una coraza que te blinde el corazón un par de años más. Creo que todo el mundo ha vivido al menos una de esas mentiras que prefiero llamarlas batallas preparatorias. Sin embargo, no sé si es peor vivir esa mentira, el vacío que deja cuando se wstá secando, o el intento de levantar la costra. Todos los niños intentan levantar las costras de las heridas, y los que somos un poquito más mayores, preferimos gritar de dolor antes de que alguien nos la toque, como echar a reír siete segundos antes de que te hagan cosquillas.
Qué suerte que exista la anestesia.
Pero bueno, dicen que si no duele quema es que no lo estás haciendo bien.
Así que, valiente de ti, dejas que te masajeen el cuerpo antes de que cojan un martillo enorme y comiencen a derrumbar todos y cada uno de los cimientos que esa mentira ha construído. Se tiene miedo, todos tenemos miedo: a ilusionarnos, a obsesionarnos, a confundir sentimientos, a que nos utilicen, a querer de más, a que nos quieran de menos... Hay miedos para todos los gustos. Y allí, guardada bajo llave por su poca abundancia, está la esperanza, la reina de corazones protegida por todas sus cartas andantes, diciéndote que, debajo de todas esas capas obsesionadas con cortar la cabeza, hay alguien que tiene miedo de estar solo. O sola.
Que al fin y al cabo, tanto buenos como malos vivimos en el mismo escenario y buscamos el mismo tesoro: alguien con quien compartir, alguien que al derribar esos cimientos te provoque un nudo en la garganta, o un escozor en el estómago, un aumento de presión sanguínea o una contractura de párpados por insomnio... Y que nada de todo eso se parezca al miedo.
Me gustas,
De forma desinteresada,
Secreta,
Absurda,
Temida,
Odiada,
De todas las formas que existen
Cuando se trata de colgar un teléfono.
Me gustas de todas las formas en
Las que se cuelga un teléfono que
Sabes,
De sobra,
Que no va a volver a sonar.
De esa forma tan
Estúpida
En la que vuelves a besar
Bocas
Que sabes que no saben igual
Por querer recordar
Aquella otra.
Y he aquí la ironía
De besar bocas
Para olvidar
A la persona que perdiste
Por besar otras
Bocas
Que no eran
La suya.
Entonces, ya no hay remedio.
Sales
Corres
Te corres
Besas
Llamas
Ríes
Y así toda la vida.
Pero es cierto:
Hay personas que ves
Que tocas
Que sientes
Y que serias capaz
De dejar todo lo que tienes
Por volver a hacerlo
Por volver a sentirlo.
Porque hay personas
Que te aportan algo
Que no sabes qué es
Pero que te inspiran a escribir
Poesía
Y eso,
Amigo,
Amante,
Lector,
Es algo que
Una poeta
Muerta
Como yo,
Encuentra pocas veces.
Y cuando
Llega el día,
El momento en el que
El amante deja
La cama del otro
Sin dejar desayuno alguno,
Es el peor momento.
Porque
Yo,
Tu poeta,
Tu amante,
Tu amiga,
Desde la cama,
Me hago la dormida
Y con los ojos entreabiertos
Te rezo,
Como si creyese en algún Dios
Que no fueses tu
En los mil formatos que existen y
Que desconozco,
Para que no te vayas,
Para que me des cinco
Minutos
Mas
Y no cruces esa puerta
Y me separes
De cualquier olor
Que venga de ti
O de tu simple presencia
Vacía
De palabras
De éxitos
De fracasos.
Que me separes de ti
O del lazo careciente de amor
Pero a fin de cuentas
Lazo
Porque une
Como cuando te despides
En mi portal
Dándome dos besos
Y yo,
Mientras tanto,
A veinte metros de distancia
Ya quiero parar el tiempo
O acelerarlo para
Que me vuelvas a besar
Pero por favor
De despedida.
No.
Así que ahora
Escribo
Condenada
A hacerlo por una sombra
Que me sigue a todas partes
Y como sombra y persona,
Están,
Como ya he dicho,
Condenados,
De todas las formas posibles
A mantenerse juntos
Solo por una línea.
Condenados a no estar juntos
Nunca
Excepto cuando llega la noche
Y la sombra le perdona
El haber besado a otras luces.
Hoy has venido a dormir conmigo. Desde donde quiera que estés, has venido a contarme las mismas historias de cuando era pequeña. He abrazado a mi almohada, y sabía que eras tú. Lo sabía porque te he visto, te he vuelto a agarrar de la mano. Eras tú, con tu pelo, tu risa, tus manos y tus arrugas, tu cuerpo...
Y me has sonreído. Y estabas tan nueva, como hace un año exactamente, como cuando era pequeña y me pedías que te pintara las uñas porque tenías que estar elegante. Te echaba de menos. Te echo de menos. Hoy, has venido a soñar conmigo. Te has levantado como un fantasma de esa cama que te tiene presa, te has desenchufado todos esos cables que te controlan y has venido hasta aquí, para tumbarte a mi lado, coger mi mano, estrecharla en tu pecho y dejar que el silencio reine. Has estado aquí y no sé si será de locos, pero sé que aún sigues aquí. Que se puede estar en dos sitios distintos. Que tu cuerpo seguirá postrado en cualquier superficie pero tu alma estará conmigo, vaya donde vaya. Sé que has venido para que te recuerde en tus mejores días y no con esta peña. Y yo, abuela, te prometo que te recordaré así el resto de mi vida.
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