lunes, 24 de febrero de 2014 0 comentarios

(En un mundo de grises)

Podía desde elevarme mil metros sobre el suelo, hasta hundirme no sé cuántos kilómetros en la tierra. Podía, porque yo le dejaba hacerlo. A veces llegaba tarde, se encendía un cigarro y se quedaba callada, mirándome. Y entonces yo me moría de ganas de abrirle la boca, de meterle la lengua, de hacerle el amor simplemente porque quería deshacerme las ganas. También podía, un domingo, pintar de viernes el día. Podía adelantar la primavera cuando sonreía, y se le sonrojaban las mejillas. Sigo sin saber si es más bonito o más triste, darle permiso a alguien para que entre sin llamar a la puerta. Para que, en un abrazo, pueda romperte o arreglártelo todo. Pero si quería, podía joderme a cualquier hora, o hacerme el hombre más feliz del mundo quedándose a mi lado. Porque eso es lo malo de las personas que han aprendido a amar tropezándose, que se abren en canal cuando alguien se detiene a mirarles a los ojos. Eso es lo malo, que la gente que siempre ha gastado mil tiritas al enamorarse, siempre se desangra por inercia cuando dice “te quiero”. Así que uno espera que al caer, sea sobre un cuerpo que detenga la caída. Que al caer, sea al rededor de unos brazos que nos hagan olvidar lo cerca que hemos estado de partirnos la esperanza. Y damos mil vueltas. Caminamos. Nos perdemos. Vagamos cabizbajos, intentando recordar en qué momento nos dimos cuenta de que llorar ya no podía curarnos las heridas. Y se hace de noche. Amanece. Pasan las horas. Y lo bonito es que aún sonreímos cuando llaman al timbre. Que aún hay gente a la que le salen ojeras porque sueña más que duerme. Aún hay quien cree que la supervivencia es un beso que se da con los ojos abiertos y las manos cerradas al rededor de otras. Y podríamos pasarnos toda la vida esperando, con tal de encontrar a alguien que nos hiciese sentir que todo este tiempo que hemos estado solos ha merecido la pena.
lunes, 17 de febrero de 2014 0 comentarios

Te echo de menos.

Perdoname,
por no encontrar otra manera de salvarme que no implicara abandonarte.
Por sacarte de mis ojos para poder dormir.
Ojalá decir que te grabaste en mi piel a fuego solo fuera una metáfora más.

Es tan difícil conciliar el sueño después de habértelo regalado a ti.
He soñado contigo sin mi, contigo conmigo y conmigo sin ti.
He soñado de las mil maneras que existen.
Y por fin dormí contigo.
Entonces dejé de soñar.
Mi sueño al fin dormía conmigo.

Sonríes, y el mundo se va por tu boca.
Así que te robé todos los relojes para que así, no gastaras tu tiempo en mí.
Leerte despacio para engañar al reloj, dejó de funcionar.
Mi amor, leele a Salinas, que solo él sabe de escribir en verso,

lo mucho que a ti te echo de menos.
domingo, 16 de febrero de 2014 1 comentarios

Mi sueño ya dormía conmigo

He soñado con tu pelo, con tus formas, con tu risa. He soñado con tu piel, con tus defectos, con tus manías. He soñado con tenerte en presente, en futuro y en mi cama. He soñado con besarte de lado, de rodillas y de espaldas. He creído verte en una herida cerrada, he querido bajarte el cielo y que tú me bajaras las bragas. He sonreído con tu nombre de fondo, de lado, encima y abajo. Me he tatuado tu acento en la clavícula izquierda. He comprado un billete de ida, y dos de vuelta. Te he dado la vuelta ochenta veces con luna llena. He vaciado un vaso para olvidarte; he llenado tres por recordarte. He soñado contigo sin mí, contigo conmigo y conmigo sin ti. He soñado con contarte historias, lunares y orgasmos. He soñado con perder la cuenta de estos últimos y volver a empezar. He soñado sin sueño, con sed, con miedo. He soñado de las mil maneras que existen. Y por fin, dormí contigo. Entonces dejé de soñar,  porque mi sueño ya dormía conmigo.
sábado, 15 de febrero de 2014 0 comentarios

Siempre juntos, siempre fuertes.

Querido amigo:

No me imagino una vida sin ti. Y sé que suena a película, o al tipico cuento de una cría que cree estar enamorada hasta las trancas. El típico cuento de una chica que no deja de llorar cada noche por alguien que jamás llegará. No, no hablo de amor, aunque ojalá.

Eres el significado perfecto de todo lo que necesito en mi vida. Te debo todo, joder. Que desde que llegaste a mi vida siempre has estado. Has sido un pilar donde he podido apoyarme sin necesidad de pedir permiso y eso es muy grande. Es muy grande saber que tienes a una persona constantemente a tu lado por ti, y para todo. Alguien capaz de dejar marchar algo por quedarse a protegerte.

Y esas cosas no se pueden pagar.

No se puede pagar esa sensación de una diosa en tu interior al ritmo de una danza macabra. Ese escozor en el estómago como si fuese el primer trago de tequila. O como estar cuesta abajo en la montaña rusa más grande del mundo a la vez que cierras los ojos en la playa. Eres eso, paz y guerra. Tranquilidad y nervios.

Y como tú dices: "tú y yo, en equilibrio, somos indestructibles"

Qué bonito suena.

Y qué bonito eres.

¡Ay, amigo! Quién pudiera estar siempre bajo tu regazo. Quién pudiera respirarte, inhalarte a besos y morirse ahì mismo, contigo.

Qué muerte más bonita.


Siempre juntos, siempre fuertes, mi amigo.
viernes, 14 de febrero de 2014 0 comentarios

No podíamos ser agua. (2011)

No podíamos ser agua,
Que resbala de las manos,
Haciendo una símil tregua,
Como unos fieles hermanos.

No podíamos ser agua.
Ella cae al unísono,
Como dos viejos ancianos.
Hasta el aire me es dísono.

Oh! Si pudiera ser agua,
No preocuparme por el tiempo
Creando múltiples vidas que
Recorran tu frágil cuerpo.
0 comentarios

Cuento 1. El portal hacia la felicidad. (2011)

Quizás fuera que ella ya estaba cansada de su rutina diaria, quizás fuese ese ruidoso sonido del despertador o puede que fuera un mal día. Sí, seguro que era eso. Un mal día.

Problemas. Lo único en lo que Gimena podía mantener la cabeza ocupada era pensando en sus problemas: familia, dinero, amigos, amigos más especiales, notas. No sabía cual de ellos era el que más le preocupaba, pues, la sensibilidad que le caracterizaba no le hacía precisamente inmune a las lágrimas, método con el cual cada noche solía calmar sus penas.

Gimena procedía de una familia de bajo nivel social, no lucía prendas de marcas reconocidas y tampoco tenía una imagen cuidada. Era una chica sociable aunque poco confiada en las personas de su alrededor. Si por algo se le reconocía en su instituto, sería por sus frecuentes trastornos de personalidad, además de sus constantes peleas con sus compañeros normalmente debido a lo primero. Aquello no era casualidad. No ocurría así porque sí.

Cada noche, como de costumbre, Martín volvía borracho a casa tras el trabajo. Tambaleándose, tocaba a la puerta con exigencia y Gimena y Soledad volvían una vez más a aquel momento, donde las horas empezarían a pasar cada vez más lentas. Donde las horas se convertirían en días.

– Bu..Buenas noches, padre.

– ¿Qué te pasa a tí? - Comenzaba a gritar Martín - ¿Es que no tienes boca para saludarme? ¿O es que ya te has ido con otro? ¿Ya no me quieres? ¡Lagarta!

– No, cariño... Osea, sí, te quiero, p..pero es que no te había oido llegar – dijo Soledad.

– ¡No me vengas con cuentos! ¿Es que no me ves? ¿Te crees que soy tonto? ¡Te vas a enterar!



Y ésto es lo que ocurría noche tras noche en la casa de Gimena. Ella se quedaba en una esquina de la sala de estar, observando. Mientras Martín, su padre, gritaba eufórico y su madre, Soledad, lloraba desesperada y aterrada. Cada día, Soledad recibía palizas brutales de su marido. Todo por culpa del alcohol. Gimena veía como su madre recibía golpes sin ella poder hacer nada, tanto que le dolía a ella misma contemplarla y ver cómo su padre trataba a la mujer que decía amar con todo su corazón. Entonces empezaba a llorar sin poder contener las lágrimas. Se tapaba la boca para evitar que su voz pudiera ser escuchada pero su táctica no servía de mucho.

– ¿Y a tí que te pasa? ¿Tú también quieres que te dé? ¿Quieres cobrar? ¡Deja de llorar, estúpida!

– ¡N..No papá!

– ¡Desgraciada! No sirves para nada.



Martín la cogió del pelo y empezó a golpearla fuertemente, dejando más cicatrices de las que ya tenía de días anteriores. Su madre la protegía y ella lloraba sin poder parar. El padre prosiguió golpeándolas a las dos hasta que se cansó, tiró la cena que Soledad y su hija habían preparado al suelo y gritando, se encerró en su habitación dando un portazo.



Éste era uno de los miedos y problemas por los que Gimena no podía mantener su mente concentrada. Entonces ocurrió un milagro. Mariana, su mejor amiga.

Ambas se encontraban en el banco de aquel parque, Mariana le contaba que era su peor día: Javier no le había dirigido la palabra, había suspendido el examen de matemáticas y su madre no le dejaba ir al baile del sábado. Gimena hacía caso omisao a su constante charla y Mariana se dió cuenta, así que le preguntó que qué era lo que pasaba por su mente. Tras mucho coste, Gimena le contó todo lo ocurrido. Se desahogó.

– ¿Se lo has dicho a alguien más?

– ¡No! ¡Y tú tampoco lo dirás!

– Lo prometo, pero tú deberías de ir al médico y además avisar a la policía, ellos podrían ayudarte.

– Pero mi padre me pegaría, y yo no tengo dónde ir. No puedo hacer eso.

– Sí que puedes, la policía te ayudará, detendrán a tu padre y tú volverás a ser feliz con tu madre.

– No todo es ta fácil – le interrumpió Gimena- mi madre también tiene motivos para ir a la cárcel.

– ¿Qué? ¿También te pega?

– No... Pero a veces, cuando no puedo dormir y voy a beber agua me encuentro a mi madre en la cocina, tomando pastillas.

– Bueno, pero eso es normal. Todo el mundo toma pastillas cuando está enfermo.

– Mi madre no está enferma.

– Seguro que son para cualquier tontería, no te preocupes.

– Mi madre se droga, Mariana, se droga – recalcó Gimena – Si se lo digo a la policía, mi madre irá a la carcel.

– Vaya... Pero, Gimena, tú no puedes seguir así. No tienes por qué preocuparte por tu madre, seguro que saldrá bien. No puedes permitir que Martín siga tocandoos el pelo ni a ti ni a tu mdre. ¡Eres tú la que debe pararlo!



Seguimos hablando durante toda la tarde y me insistió demasiado en que debía denunciarlo. Quizás fuera verdad y sería lo mejor de todo así que ese mismo día esperé hasta la noche, cuando ellos dos estuvieran durmiendo para coger el teléfono a escondidas y llamar a la policía. Les conté que mi padre llegaba borracho cada noche a casa y que sin motivos nos pegaba a mi madre y a mi. No nos dejaba vivir tranquilas y les conté lo asustada que estaba. Aunque se lo tuve que repetir varias veces porque me costaba mucho hablar, ya que no podía evitar llorar y a la vez tenía que hablar casi susurrando, porque si mi padre se despertaba y se enteraba de esa llamada, no sabría si yo seguiría existiendo. Me pidieron que a la salida del instituto fuera a la comisería y enseñara las cicatrices que Martín me había hecho, y a partir de eso, ellos tomarían medidas. Intenté inventarme cualquier excusa estúpida para que, sin sospechas, entendieran que llegaría más tarde para almorzar.

Llegó el día. Me presenté allí cinco minutos después de que la campana del instituto sonara. Les enseñé las llagas que formaban mi cuerpo, que recorrían toda la espalda, las piernas y gran parte de los brazos. Por suerte, no tenía ningun rasguño en la cara. Y era un privilegio. No sabría que hacer si tuviera que ir al instituto con la cara llena de moratones.

Los policías me acompañaron a casa. Me sentí muy segura, aunque mi cabeza decía constantemente que debía denunciarles, mi corazón suplicaba que no lo hiciese. De todas formas, ya estaba hecho. Ya no había vuelta atrás. En cinco minutos mi madre abriría la puerta y me encontraría a mi, y a dos hombres cargados con la pistola, las esposas, la porra... No sabría decir la reación que tendría mi madre en ese momento.



– ¡Diiiiiiin Doooooon!

– ¡Policía! ¡Abran la puerta!



Eso fue todo lo que escuché. Eso es todo lo que se oye por el momento. Al rato mi madre abrió la puerta. Supongo que al oír que era la policía corrió a guardar la droga que ocultaba en la cocina.

Los policías entraron en la casa suspicazmente. En ese momento mi padre no estaba borracho. Se acababa de levantar. Aunque todavía tenía resaca. No puedo negar que en muchas ocasiones le rogué a Dios que le diera un coma etílico, una enfermedad en el hígado, o que volviendo a casa tuviera un accidente. Desee tantas veces su muerte. Lo odio tanto. Me ha hecho tanto daño. Llevo catorce años soportando diariamente esta tortura. No entiendo cómo mi madre se pudo enamorar de un hombre así. No lo entiendo. Cada día me ha tratado como su esclava, me ha pegado. Me ha insultado. He derramado tantas lágrimas y quizás ahora éste sea el final. Quizás ahora volveré a sonreír y tendré la vida que cualquier niña tendría que tener. Viviré la adolescencia, esa etapa de la vida de la que tanto he oido hablar. Dicen que es dolorosa pero es la más maravillosa. Dicen que te conoces a ti mismo, que conoces a tus amigos. Dicen que te das cuenta de que las verdaderas lágrimas no son las que salen de los ojos y resbalan por la cara sino las que nacen del corazón y duelen en el alma. Dicen que los mejores amigos no existen, que o son verdaderos, o no lo son. Yo nunca he tenido un amigo de verdad. Nadie me conoce tanto. Ni siquiera yo me conozco. Pero es que nunca le he querido contar a nadie lo que me pasaba pues tenía miedo de lo que pudieran pensar. ¿Y si se metían conmigo? ¿Y si me dejaban de lado? ¿Y si lo contaba y mi padre me pegaba más por hacerlo?. Quizás éste era el momento en el que yo comenzaba una nueva vida así que me aclaré la garganta y le dije a los policías en un tono seco, vacío, sin sentimiento:

– Mi padre me maltrata. Nos maltrata.

– ¡Mentira! ¡Eso es mentira! ¡Es una mentirosa! ¿Cuántas veces te tengo que decir que no mientas? ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?

– Cállese señor, su hija nos ha enseñado los moratones que usted le ha hecho con sus palizas.

– ¿¡Moratones!?¿De qué diantres me hablas? ¡Yo no le he pegado!

– Está usted detenido.

– ¡No!

– Y usted señora, nos acompañará a la comisaría, tenemos que revisar las heridas. La llevaremos al médico y pronto estará recuperada. Tú, pequeña, te vienes con nosotros. Tenemos un lugar donde podréis quedaros mientras tanto.



Pasé muchísima verguenza cuando mi padre salió esposado de la casa y todos los vecinos comenzaron a mirar y a hablar descaradamente. Pero estaba segura de mí misma, aquella pesadilla había acabado, y todo gracias a Mariana. Todo gracias a aquellos policías. Ahora podría ser feliz. Olvidaría el pasado y reconstruiría mi presente.

Aquellos policías se llevaron a mi padre en un coche distinto al nuestro. A mi padre se lo llevaron a comisaría, pasaría la noche en la cárcel. Y a nosotras nos llevaron a una especie de cuartel. Nos interrogaron. Nos dieron algo de comida para calentarnos ya que hace un frío terrible y nos alojaron en habitaciones separadas. No nos dejaron vernos. Mi madre no me había dicho nada. Ni una palabra.

Estuvimos tres días cada una viviendo en su correspondiente habitación, sin derecho a vernos. Y yo salí por primera vez de ella cuando uno de los policías me llamó y me dijo que no me preocupara por las clases del instituto. Habían informado a los profesores y al director. Les pregunté por mi padre y me dijeron que él se quedaría encarcelado durante una larga temporada, pero que mi madre y yo tendríamos que acudir en varias ocasiones a los juicios en los que se trabajaría el tema relacionado con mi padre. Les pregunté que por qué no podía volver a casa con mi madre y la respuesta me dolió. Me dolió en lo más profundo de mi corazón.

– Cuando os marchásteis, otros compañeros nuestros registraron vuestra casa con la intención de encontrar armas de tu padre, pero encontramos droga, pequeña. Tomamos pistas y al final hemos llegado a la conclusión de que tu madre consumia. Eso es un delito, Gimena. Por esa razón no has podido ver a tu madre en días anteriores. ¿Tú sabías que tu madre se drograba?



No sabía que contestar así que dije la verdad: sí.

La siguiente noticia, para mi sorpresa, es que mi había quedado sin padre y sin madre. ¿Quién se haría cargo de mí? Yo no quería irme de nuestra ciudad. Tenía mis amigos y debía pagarle a Mariana por el gran favor que me había hecho. ¿Quedarme sin padres qué suponía?


Ellos me contaron que no tenía que tener miedo a nada. Conocían a una pareja que se podía hacer cargo de mi. Para mi asombro, esa familia la conocía. Tras hacerme esperar en una sala, esa familia, mi nueva familia entró por la puerta. Era Mariana y sus padres. Ella era hija única. Mi madre le había cedido mi tutela, ya que ella sabía que yo no me quería ir de nuestra ciudad y el resto de familiares vivían excesivamente lejos. Los ojos se me llenaron de lágrimas y corrí a abrazar a Mariana. Empecé a llorar. Aquella sensación era mágica. No encontraba palabras para describirla. Era la primera vez que lloraba de felicidad. Esas lágrimas también salían del corazón. Abracé a sus padres, abracé a mi familia y les dí las gracias. A ellos y a Dios. Tengo mucha suerte. Y para mis adentros prometí ser feliz y disfrutar cada momento como si fuera el último. Querría a mi nueva familia con todo mi corazón y nunca les fallaría. Me levantaría tras cada caída con la cabeza erguida. Aquí empezaba una nueva vida. Con una nueva Gimena. Aquel pasado era un punto y aparte y yo empezaba otra oportunidad que no desaprovecharía.
martes, 11 de febrero de 2014 0 comentarios

Un desgarro de mi alma sigue vivo en ti


Ya ves, sigues siendo el primer pensamiento al despertar.

Un desgarro de mi alma sigue vivo en ti:

que pasa el tiempo y no mis ganas.

¿Y qué más?

Mentiría si dijera que todo va bien,

que hace tiempo que no pienso en ti,

que te olvidé,

que otra persona supo darme

lo que un día me regalaste tú.

Miento si digo que ya no te amo.

Cuanto tiempo sin verte,

no dejé de quererte.

Vivir con tu recuerdo no fue suficiente.
lunes, 10 de febrero de 2014 0 comentarios

¿Te quedarías?

El tiempo pasa, y no me hace falta nadie ni nada que me demuestre que las personas, los daños, todo eso también pasa. Está muy bien que la cicatriz de esa primera persona por fin cierre, por fin desaparezca esa llaga y todas las demás que la adornan en la piel. Pero a veces me acojana el lado malo de todas las cosas. Que sí, que todo el mundo se va, que no estaremos junto a alguien para siempre. Que esos cuentos ya sé que no existen. Pero supongamos que optamos por una doble victoria, un quédate que no quiero saber del tiempo. O un no te vayas, que me da frío.

Supongamos que puedes quedarte para siempre, que puedes curarme toda la vida. Que puedes imaginarnos dando soluciones al mundo que si todo aquello estuviera colgando de estas sucias manos. ¿Te quedarías?

Ahora bien, si bien tú puedes quedarte también lo hará tu recuerdo. Es decir, que cuando te vayas -porque no quedará otra opción; porque nada dura para siempre - no quedara sino algo más que tu recuerdo.

Me quedaré con los libros que no dejan de hablar de tus manos, con el negro de tus ojos como el cielo en pleno invierno. Con tus consejos, con tus tristezas, con la mía - y permitanme la osadía- pero también la del mundo entero. Porque todo el mundo estará triste al ver que te has ido sin dejar ni rastro, ni un poco de esperanza.

Quiero decir que, me quedaré vacía. Por que qué serán esos ojos sin vida, o esas manos sin ti. O qué será de mí si un día me faltas.

No te vayas.

Tanto tengo que tengo miedo. Miedo al sentir - o al sin ti -. Al adiós que no es un 'hasta luego'. Ni siquiera al adiós.

Hay días muy fuertes, tan solo tú sabes entenderlo. Y aunque dices que hay mejores, que todo termina, que la distancia es una puta que me tiene dicho que no compita con ella, no me imagino una vida sin ti. Que lo que yo necesito es fuerza e inestabilidad, y eso solo puedes dármelo tú.

"Tu eres la indiferencia y yo soy la ira. Mucha ira es mala. Mucha indiferencia también. Pero cuando ira e indiferencia se combinan todo se equilibra"

Y lo que más me mata es la manía de echarte las culpas, de decir que todo ha sido por un mal movimiento. Que todo esto es una partida de ajedrez, donde tú me colocas como reina permitiéndome cualquier movimiento y eso acojona. 

Es increíble como puedes llegar a necesitar tanto a alguien, de tal manera que se te pare el pecho cada vez que recuerdas todo lo que han hecho por ti y lo poco que lo mereces. Es increíble que todavía quede gente así. Y yo con mis manías de perderlo todo, de querer tirarlo por la borda en un solo movimiento y así me va. Con este miedo de perderte, de que me dejes aunque nunca te hayas ido. De perderme entre cafés y cervezas donde no puedo dejar de hablarte, de mirarte, de agradecerte internamente todo lo que haces sin pedir nada a cambio. Y te limitas a repetirme, una y otra vez como una cría que todavía no tiene claro su nombre -porque así es como me siento ante tu presencia- que no me preocupe, que tú serás mi pilar, mi fuerza, mi tranquilidad, mi almohada, (mis días, mis noches, mis insomnios, mis ganas de huir y mis ganas de quedarme).

sábado, 1 de febrero de 2014 1 comentarios

Bésame si me equivoco.

Esta vez me toca ser quien diga las cosas bonitas, quien admita que en este juego no ha perdido nadie, que ha sido una doble victoria. Y es que te escribo esta carta para darte las gracias por eso, por nuestros momentos y porque las promesas que un día hice no las va a romper ni el tiempo ni la distancia, esto no es mas que un par de promesas medio camufladas entre palabras y un intento de recordarte lo genial que puedes llegar a ser, y es que a ti te miro de un modo distinto. Que no hay otra cosa más bonita que despertar a tu lado y con tus besos. Que los despertares ya no merecen la pena si no son contigo, y sabes que me pasaría años recorriendo todas tus pecas, memorizando cada una de ellas con la punta de mis dedos. Y andar por tus labios, y dejar que nunca, nadie te haga daño. Que no soportaría ver tus lágrimas en esos ojos aunque he de admitir que tu belleza aún existe cuando estás triste. Aún sigo preguntándome si de algún modo puedes verte horrible y todavía no he encontrado ninguna solución posible. Nunca nadie había conseguido tales cosas en mi, como lo has hecho tu; yo no sabia que esto del amor fuera tan maravilloso si es compartido y es recíproco, pero ya veo que si lo es. Tan inverosimil a veces, tan genial que tengo miedo de perderte, de que esto vuelve a ser una historia que termina como otra cualquiera, que cada uno sigue su camino y deja que el otro, se vaya, sin hacer nada al respecto, aunque algo me dice que esta vez no sera igual...

Bésame si me equivoco, pero creo que esta vez es mejor que todas las demás anteriores. Esta vez las cosas van de paciencia y aguante. Brindaste por el camino conjunto y ahora ya no sé si soy yo sin ti o eres tú sin mi. Las cosas cambian y sí, nosotros también. Yo cambié y tú me recogiste después del cambio. Ahora lo único que quiero es despertar a tu lado, después de largas noches de conversación y susurrarte muy bajito que no es que no quiera estar contigo, es que no me imagino no estándolo. Maldito el día en que probé tus labios, ¿quién me ayuda a mí ahora con esta adicción? Porque yo ya no soy capaz de tenerte cerca y no desear besarte...

A pasado el tiempo y yo solo prometo que algún día lo parare y nos quedaremos a vivir en la cama. Posdata: lo sabes de sobra pero por si acaso se me olvida, te quiero.




Celia Otos.
0 comentarios

No habrá más cerezos.


Creo que debería olvidarte.

Y olvidarte supone dejar

de sentirte como primavera,

como constante, como cambiante.

Olvidarte sería invierno.

Frío y tempestad. Pánico.


Se nos está yendo de las manos

- o se me está yendo,

ya sabes que nunca

me gustó echarme las culpas -.


No habrá más cerezos.

No estoy segura de que

lleguemos a sobrevivir pero

mientras tanto,

deberíamos intentarlo.
 
;